Accidentes de trabajo en 2025

Los datos que explican por qué la protección sigue siendo clave

En 2025 se registraron 620.386 accidentes de trabajo con baja laboral en España, la cifra más baja desde la pandemia. Esto supone una ligera reducción del 1,3% respecto a 2024, pero mantiene niveles similares a los previos a 2020.

Evolución reciente:

  • 2025: 620.386
  • 2024: 628.300
  • 2023: 624.911
  • 2022: 631.724
  • 2021: 572.448
  • 2020: 485.365
  • 2019: 635.227

Fuente: Ministerio de Trabajo y Economía Social (Febrero de 2026)

Más allá de la evolución global, los datos permiten entender dónde y cómo se producen la mayoría de los accidentes:

Lugares con más incidentes:

  • Espacios de producción, talleres o fábricas: 132.844
  • Áreas de almacenamiento, carga y descarga: 49.911
  • Lugares públicos (vías, estaciones, aeropuertos): 49.621
  • Restaurantes, ocio y alojamiento: 46.382

Tipos de accidentes más frecuentes:

  • Golpe contra objeto inmóvil: 148.338
  • Sobreesfuerzo físico: 143.813
  • Golpe contra objeto en movimiento: 95.689
  • Contacto con material cortante o punzante: 60.318
  • Accidentes de tráfico: 19.948

Sectores más afectados:

  • Construcción especializada: 47.246
  • Servicios de comidas y bebidas: 42.157
  • Comercio minorista: 42.007
  • Construcción de edificios: 33.057
  • Comercio mayorista: 30.270

Estos datos no solo reflejan volumen, sino un patrón recurrente: los accidentes más habituales siguen asociados a riesgos básicos, conocidos y en gran medida evitables.

Cuando la protección marca la diferencia

En este contexto, la protección laboral -tanto el vestuario técnico como los equipos de protección individual (EPI)- deja de ser un elemento complementario y pasa a ser una medida de control frente a los riesgos más prevalentes.

El análisis de la tipología de los accidentes permite establecer una correlación clara entre riesgo y solución preventiva:

  • Golpes contra objetos o impactos à protección craneal (cascos, gorras de protección conforme EN 812), calzado de seguridad con resistencia a impactos y compresión, y elementos de señalización y alta visibilidad (EN ISO 20471);
  • Cortes y pinchazos à guantes con nivel de protección adecuado según normativa EN ISO 13997 / EN 388, en función del riesgo mecánico específico
  • Sobreesfuerzos à soluciones ergonómicas combinadas con vestuario que no limite la movilidad ni genere sobrecarga adicional;
  • Entornos con interacción de vehículos o maquinaria à prendas de alta visibilidad certificadas que garanticen detección efectiva en condiciones reales de trabajo;
  • Condiciones ambientales exigentes à vestuario técnico con prestaciones específicas: gestión de la transpiración, aislamiento térmico o soluciones activas de refrigeración.

No se trata de medidas accesorias, sino de controles técnicos que inciden directamente sobre la probabilidad y la gravedad del accidente.

Un aspecto crítico en la eficacia preventiva es que la mera disponibilidad del EPI no garantiza su protección efectiva. Su eficacia depende de cómo se selecciona, se adapta al puesto y, sobre todo, de cómo se utiliza en la operativa diaria.

El reto: llevar la prevención al terreno operativo

Los datos de 2025 no apuntan a nuevos riesgos. De hecho, reflejan algo que en prevención ya sabemos desde hace tiempo: la mejora de la siniestralidad depende, sobre todo, de cómo se están gestionando los riesgos más básicos. Ahí es donde suele estar el margen real de mejora, y también donde más fallos se producen en la práctica.

Desde un punto de vista técnico, esto pasa por revisar algunos aspectos clave:

  • Verificar si los EPI y el vestuario están realmente alineados con la evaluación de riesgos del puesto, no solo con una categoría genérica.
  • Ajustar la protección a las condiciones concretas de trabajo (actividad, entorno, exposición), evitando soluciones estándar que no responden al uso real.
  • Incorporar equipos que faciliten el uso continuo, tanto a nivel ergonómico como funcional.
  • Integrar la protección en la operativa diaria, de forma que no se perciba como un elemento externo, sino como parte del propio proceso de trabajo.

En este contexto, uno de los principales retos no es identificar los riesgos, sino ajustar correctamente la protección a la realidad operativa de cada puesto. En TCR trabajamos este punto mediante auditorías técnicas de los EPI en uso, en las que analizamos las condiciones reales de trabajo y su adecuación a la protección implantada.

A través de este tipo de análisis es habitual detectar desviaciones que afectan directamente a la eficacia preventiva:

  • Desajustes entre nivel de protección y riesgo real;
  • Equipos que dificultan el uso por falta de ergonomía;
  • Utilización irregular derivada de incomodidad o mala adaptación;
  • Soluciones estándar que no responden a las condiciones específicas de trabajo.

Este tipo de situaciones evidencia que la eficacia de un EPI no depende únicamente de su certificación, sino de su adecuación y su uso real en el entorno de trabajo.

Porque lo que reflejan los datos es claro: la reducción de la siniestralidad no depende únicamente de la normativa ni de la concienciación, sino de cómo se aplican las medidas en la operativa diaria. En la práctica, la eficacia preventiva se produce cuando la protección:

  • Está correctamente seleccionada (en prestaciones y nivel de riesgo);
  • Se ha implantado de forma coherente con el puesto;
  • Se utiliza de forma sistemática.

Es en este punto -cuando la prevención deja de ser teórica y pasa a ser operativa- donde se empieza a ver un impacto real en la reducción de los accidentes.

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